Cuervos, grajos y arrendajos.

chova piquigualda - fotografía de Fernando CarmenaGrajas, grajillas, cuervos, cornejas, urracas, arrendajos… Son los córvidos, un grupo de aves tan conocido como denostado, unificado bajo el nombre vernáculo de “grajos”, que se refiere indistintamente a todas estas aves, generalmente negras como el carbón, pero a ninguna en particular… Pero no vamos a tratar aquí de malos agüeros, ni de fríos y mal tiempo –ya se sabe aquello de que cuando el grajo vuela bajo…-. Hablaremos de letras, erres y jotas pronunciadas con aspereza por voces arrastradas y rotas. La naturaleza a veces parece un club de jazz.

Con la única excepción de los rabilargos, las demás especies llevan escrita la voz en su nombre. Ya hemos visto en otras ocasiones que, a menudo, el nombre de las aves procede de una onomatopeya de su canto –cuco es el ejemplo más evidente, pero hay otros muchos, como grulla, bisbita, archibebe o totovía-. Pero en pocos casos esto es tan detallado como entre los córvidos. Lo que indica dos cosas: que la gente antes se fijaba mucho en el comportamiento de las aves, en sus voces; y que los “grajos”, en general, nunca han caído simpáticos.

En la grabación que acompaña a este texto tenemos un catálogo de las asperezas y estridencias con que se comunican estas aves. Todas ellas hablan con un innegable aire de familia.

Los arrendajos, que excepcionalmente no son negros, arrastran sus quejidos por los bosques de media España, siempre revoloteando entre las copas. Sus llamadas resuenan en el silencio del bosque como resuena una tela rasgada. En este caso lo hacen en los pinares de Valsaín, donde son incapaces de pasar desapercibidos, y sus gritos son constantes. De hecho el término genérico de su nombre científico, Garrulus glandarius, procede de gárrulo, referido, según la Academia de la Lengua, a quien, pájaro o humano, no para de hablar; o, en acepción más lírica, a aquello que hace un ruido continuado, como el viento o un arroyo. Lo de glandarius viene de su afición por recolectar bellotas. De donde, en términos científicos, el arrendajo se podría llamar algo así como el charlatán bellotero. De una forma u otra todo el mundo parece fijarse en el pobre arrendajo.

Pero, pese a su mala voz, dotes canoras no le faltan, y el arrendajo es capaz de incorporar imitaciones de las llamadas de otras especies, muy distintas acústicamente a sus erres y jotas. En este caso escuchamos a uno de ellos imitando, bastante bien, el maullido seco y melódico de un ratonero, rapaz forestal con la que comparte hábitat.

Algo más suave y armónico es el crocitar del cuervo, otras dos palabras cargadas de resonancias. Todas las tardes, poco antes de caer el sol, varias decenas de ellos se reúnen en los alrededores del puerto de Navacerrada, entre Madrid y Segovia, y salpican, negros y con sus ásperos y rotundos “croares” -¿existirá tal palabra?- la blancura del bosque recién nevado.

La quietud de la tarde en cualquier bosque la dibuja como nada el graznido lejano de una corneja. Un sonido que así, en solitario, posee un cierto tono evocador. La nostalgia desaparece inmediatamente cuando de uno se pasa a decenas, a cientos. Al amanecer, por ejemplo, sobre el arbolado de la plaza del Medio Punto, en localidad segoviana de La Granja, varias decenas de estas aves madrugan y rellenan la atmósfera de gritos astillados y ásperos, entremezclados sin orden ni concierto alguno

Lo mismo vale para las bandadas de grajas, invernantes en nuestro país, y de aspecto y voz muy similar. Estas que graznan y alborotan lo hacen –o lo hacían, ya que la grabación tiene casi veinte años- en una alameda en la Universidad de León.

chova piquigualda - fotografía de Fernando CarmenaLas grajillas son réplicas en miniatura de las especies mayores del grupo. Son cuervos en diminutivo, como indica su nombre, pero también sus graznidos, más agudos y ligeros, como corresponde a un cuerpo de menor tamaño; con aristas más desdibujadas. Lo que pierden en contundencia lo ganan en estridencia, y los chillidos de un ejemplar aislado, sobre todo si son de amenaza, como las que se reproduce aquí, resultan bastante agresivos. Agresividad y estridencia desaparecen, se difuminan, cuando se reúnen en bandadas, sobre todo en invierno, y los gritos individuales se confunden en un vocingleo continuo y sin aristas. En este caso, lo hacen en torno a los alcornoques resecos del Coto del Rey, en Doñana.

Jotas y erres persiguen a estas aves, incluso a las que no las utilizan para hablar. Es el caso de las chovas piquirrojas. Su voz, sin embargo, es muy distinta. Las chovas lanzan un chasquido prolongado, restallante, con Ch de chova. Un grito casi siempre estirado por la reverberación y el eco devuelto por los cortados rocosos donde vive y a los que tan bien caracteriza.

Y como no hay norma sin excepción, las chovas piquigualdas, vecinas del mundo vertical de las anteriores, parecen renegar de su parentesco y hablan con unos chillidos destemplados, muy agudos y en nada parecidos al lenguaje común del grupo. Piquirrojas y piquigualdas sobrevuelan el vertiginoso mundo vertical de Carriata, en el Parque Nacional de Ordesa.

Otra excepción, pero sólo cromática y semántica. En el caso de los rabilargos su aspecto físico, las largas plumas de la cola, pudo más que la voz a la hora de bautizarlos. Tampoco son negros. Pero sus graznidos son genuinamente “córvidos”, y se escuchan por cualquier dehesa y bosque de vuelo alto. En este caso en las comarca serrana de Las Villuercas, en Cáceres.

No así las urracas, réplicas en blanco y negro de los anteriores, que se mantienen dentro de los más estrictos cánones vocales del grupo. Las urracas nos acompañan prácticamente en cualquier rincón del país. Y con su voz áspera y rota, nos evocan a todos los córvidos. En conjunto, la mejor representación sonora de lo agreste.

FUENTE: el Mundo.es. Carlos de Hita. Artículo completo